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Fernando Sánchez Dragó

Hace unos días terminé la lectura de dos de los libros más representativos de la obra del escritor español Fernando Sánchez Dragó (“El Camino del Corazón” y “La prueba del laberinto”). Reconozco que he tardado más de lo esperado en lanzarme a esa auténtica aventura que, sin saberlo, resulta la lectura de estos dos libros. Cuando al llegar a las últimas páginas de una novela sientes que no quieres que se acabe,  es un signo inequívoco del disfrute experimentado. Sientes que algo bueno acaba y no sabes cómo vas a poder llenar ese vacío. Y es que Dragó es todo un personaje en sí mismo, como se puede comprobar en estas dos joyas de la literatura del siglo XX. En ambas novelas, el autor busca lo místico a través de lo humano, siendo los viajes o la búsqueda misma aún más importantes que el objetivo final. Contadas en primera persona, el protagonista en ambas novelas es él mismo y su alter ego, Dionisio. Según la mitología griega “Dionisio es el hijo de Zeus, en su divina y singular personalidad, que contrasta mucho con los otros dioses griegos. Tremendo es en sus manifestaciones, en el gozo de sus fiestas orgiásticas y en la cruel venganza contra quienes le niegan o intentan apresarle. Es Baco, el Liberador, el Bramador, el dios de la máscara, del frenesí, de la danza enloquecida, del entusiasmo y la embriaguez, el guía que arrastra a las ménades bacantes a sus alocadas correrías nocturnas por los bosques, el salvaje devorador de carne cruda, el inventor del vino que disipa las penas, el patrón de la fiesta teatral, un dios extraño y fascinante”.

El autor se introduce en ambas novelas  con los dos nombres (Fernando, el de pila y Dionisio, el de su alter ego) y es evidente que juega continuamente con esa indeterminación.  Juega con el lector, consigo mismo, con su ser auténtico y con su máscara, que quizá intuye que son la misma cosa. De hecho máscara significaba en griego persona o personaje, con origen en la voz latina  "Per sonare", que significa literalmente para sonar o "sonar a través" y es el origen de la palabra persona. Se refiere a las máscaras teatrales griegas que amplificaban la voz de los actores, permitiéndoles proyectar su voz a través de la máscara para que fuera escuchada por el público. Con el tiempo, el significado evolucionó de la máscara física a la persona como el rol o la identidad que se proyecta.

Gracias al maldito internet, he podido visionar cada uno de los programas de los que fue director, presentador o contertulio. Por “negro sobre blanco” pasaron los mejores escritores de la época. Las tertulias de “El mundo por montera” son en sí mismas una auténtica delicia para el espectador, tanto por los temas que se trataban como por lo docto e ilustre de los  invitados que acudían a ellas. Creo que me ha ayudado a la comprensión del mensaje de ambas novelas el haber conocido antes al personaje que al escritor. Vuelvo a decir personaje, pero no de manera peyorativa, si no en el más estricto sentido literario de la palabra.

Empecemos la crítica de las novelas por orden cronológico:

“El camino del corazón” fue publicado en el año 1990, siendo finalista del premio planeta de ese mismo año. Según el autor nos encontramos ante su mejor novela. La historia comienza en el año 1969. Se podría resumir como el viaje de un hombre de treinta y dos años a Oriente para buscar allí la sabiduría, la espiritualidad y la felicidad que occidente le niega, pero es mucho más que esta raquítica sinopsis. En el viaje físico y espiritual que realiza reside el alma de esta novela, así como en los personajes que va encontrando en el largo camino que le lleva desde Europa a Indonesia, pasando por Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán, India, Nepal y Vietnam. En realidad, toda la novela es un viaje iniciático desde la diversidad hacia la unidad, ya que en esto consiste el camino oriental hacia la iluminación, que encuentra finalmente la unidad en el fondo de uno mismo. La aceptación de todo lo que sucede como un regalo divino podría ser la moraleja de esta gran historia vivida en primera persona por el autor. Si en “El camino del corazón” nos encontramos a un Dragó joven,  viajero, lleno de inquietudes, convencimiento  y de la energía vital necesaria para emprender un viaje de tal magnitud, en “La prueba del  laberinto” el viaje para intentar encontrar los vestigios Crísticos de un idealizado Jesús de Galilea no lo realiza motu propio, sino por encargo y escuchando las señales que prácticamente le obligan a emprender este no menos interesante viaje interior a las profundidades de su alma con la madurez que le otorgan sus más de cincuenta años.

“La prueba del  laberinto” fue publicada en el año 1992, obteniendo el premio Planeta de ese mismo año. La novela se desarrolla entre España, Egipto, Israel e India y es la crónica de la búsqueda que emprenden Fernando y Dionisio, al alimón, para encontrar al verdadero Jesucristo  al margen de las manipulaciones, a su juicio, de la Iglesia Católica. El escritor y protagonista se declara admirador de Jesús, pero enemigo de Roma. Según palabras del propio escritor, no podía encontrarse un tema mayor ni un personaje de interés más hondo y universal. Lo que hace que esta obra sea particularmente atractiva es la habilidad del autor para entrelazar elementos históricos, filosóficos y religiosos en una narrativa de ficción. Se puede estar más o menos de acuerdo con el Jesús de Dragó, pero lo que no admite discusión es que la combinación de misterio, viajes, y experiencias extraordinarias en esta  búsqueda del ser más excepcional  de todos los tiempos  es un acierto y sobre todo un deleite para el lector.

Fuera de la literatura, Dragó fue un personaje peculiar por su excéntrica y provocadora personalidad. En lo que a política se refiere también realizó un viaje iniciático del Marxismo y el comunismo en la época Franquista (fue militante del Partido Comunista de España  y estuvo encarcelado en varias ocasiones durante el franquismo por su activismo político contra el régimen), pasando por el liberalismo y terminando en un convencido conservadurismo en los últimos años de su vida.

En lo que a mí respecta, tras la lectura de estas dos obras maestras de nuestra literatura no me quedaba más remedio que hablar en este espacio de la persona que más ha hablado de libros en España en el siglo XX. He de decir, para terminar el artículo, que lo que más me ha impresionado del autor es la riqueza del lenguaje utilizado en ambas novelas. No hay nada impostado, puedes escuchar la voz de Dragó susurrándote al oído mientras lees el libro y pensar que él mismo lo está narrando.

Sin lugar a dudas, con sus más de cuarenta libros escritos, Dragó es uno de los grandes escritores españoles de los siglos XX y XXI, le pese a quien le pese.

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